LA HABITACIÓN BLANCA
Lo obvio es difícil
de probar. Preferimos
lo oculto. También yo.
Escuchaba a los árboles.
Tenían un secreto,
y estuvieron a punto
de revelármelo:
nunca lo hicieron.
En el verano cada árbol
de mi calle tenía una
Sheherezada. Eran parte
mis noches de sus cuentos
salvajes. Me llevaban
por casas cada vez
más oscuras, por casas
abandonadas, mudas.
Alguien de ojos cerrados
habitaba en los altos.
Pensarlo me asombraba
y me quitaba el sueño.
La verdad: simple y fría,
dijo la mujer siempre
de blanco. No salía
apenas de su cuarto.
Al sol, una o dos cosas
que habían sobrevivido
la larga noche intactas,
las cosas más sencillas,
en su obviedad difícil.
No hacían ningún ruido.
Era un día de esos
que se llaman “perfectos”.
¿Los dioses disfrazados
de horquillas? ¿Un espejo
de mano? ¿Un peine
sin dientes? Nada de eso.
Las cosas como son,
sin parpadear, calladas
en su fulgor. Los árboles
esperaban la noche.
CHARLES SIMIC
versión de Aurelio Asiain