Sep. 20, 2011

EL SAPO de Victor Hugo


Versión de Aurelio Asiain

¿Qué sabemos, al fin, del fondo de las cosas?
Irradiaba en las nubes rosas el sol poniente.
Un día de tormenta terminaba; el chubasco
ya en el brasero ardiente del oeste era llama.
Al lado de un carril, junto a un charco de lluvia,
miraba un sapo el cielo; si bestial, deslumbrado:
el horror contemplaba esplendores de ensueño.
(¿Y porqué han de existir fealdad y sufrimiento?
¡De Augústulos está plagado el bajo imperio,
de crímenes los césares, de pústulas los sapos,
como el prado de flores y de soles el cielo!)
En árboles bermejos ganaba hojas el púrpura;
el agua entre las hierbas del carril espejeaba.
Desplegada la tarde como una bandera,
el ave iba callando en el día ya exhausto.
Calma todo en el aire, sobre el agua, y olvido
el sapo: sin pavor, sin vergüenza, sin cólera,
miraba con dulzura la aureola solar.
Bendito se sentía tal vez el condenado:
no hay animal sin un reflejo de infinito,
ni abyecta y vil pupila que no sea tocada
por el alto fulgor, ya feroz y ya tierno;
no hay monstruo enclenque, bizco, impuro y legañoso
al que la inmensidad astral falte en los ojos.
Un hombre que pasaba vio la espantosa bestia
y le puso el talón, temblando, en la cabeza:
era este un sacerdote, iba leyendo un libro.
Luego una mujer, en el corsé una flor,
le pinchó con la punta de la sombrilla un ojo.
El clérigo era anciano, y la mujer, hermosa.
Luego cuatro estudiantes, serenos como el cielo.
“Yo era niño, era chico, era cruel…” —todo hombre,
en la tierra en que yerra como una esclava el alma,
puede empezar así el cuento de su vida.
Tiene uno los juegos, la ebriedad, una madre
y en los ojos el alba: dichosos estudiantes,
hombrecitos alegres respirando la atmósfera
a pulmón lleno, amados y libres y contentos,
¿qué más que torturar a algún ser desgraciado?
Se arrastraba en el fondo de la cañada el sapo:
a la hora en que el campo se azulea en lo hondo
buscaba, ocre, la noche; los niños lo advirtieron
y gritaron: “¡Matemos a ese animal infame,
hagámoslo que pague su tremenda fealdad!”
Procedieron, con risas —los niños matan riendo—,
a picarlo con ramas punzantes, agrandando
en el ojo pinchado la oquedad, fascinados
hiriendo lo ya herido, y entre aplausos y risas
de aquellos que pasaban. La sombra del sepulcro
cubría al negro mártir privado de estertor,
y la sangre espantosa fluía por doquiera
sobre el pobre animal culpable de ser feo.
Escapaba; le habían arrancado una pata.
Un niño lo golpeaba con su pala mellada,
haciendo a cada golpe espumear al proscrito
que aun cuando la luz en su frente sonríe,
aun a cielo abierto, repta en una honda gruta.
Y los niños decían: “¡Es malvado! ¡Babea!”
Con la frente sangrando, con un ojo de fuera,
avanzaba, espantoso, entre zarzas y espinos,
tal salido quién sabe de qué horrible invernáculo;
¡Qué sombría la acción de empeorar la miseria
y aumentar el horror de la deformidad!
Dislocado, de piedras en piedras dando tumbos,
seguía respirando; sin resguardo ni asilo.
Se arrastraba; diríase que la muerte, difícil,
al hallarlo tan horroroso, se le negaba.
Los niños lo querían atrapar con un lazo:
se escapó deslizándose a lo largo del seto.
Halló abierto el carril: arrastró sus heridas
y se sumió, golpeado, quebrado, roto el cráneo.
Cierta frescura halló en la verde cloaca,
donde lavó con lodo la crueldad de los hombres.
Rubios, en las mejillas la primavera, nunca
se habían divertido de tal modo esos niños.
A un tiempo hablaban todos, los grandes les gritaban
a los chicos: “¡Acérquense! ¿Qué pues, Adolfo, Pedro?
¡Busquemos una piedra grande para acabarlo!”
Y todos sobre el ser por azar execrado
fijaron la mirada: vio aquel desesperado
inclinarse hacia él esas frentes horribles.
(Debemos tener fines y prescindir de blancos:
cuando un punto veamos del humano horizonte
tengamos no la muerte, mas la vida en las manos.)
Todos los ojos iban tras del sapo en el cieno.
Había allí furor; había también éxtasis.
Uno de los pequeños volvió con un ladrillo
—pesado mas sin pena por el mal levantado—
diciendo: “Ya veremos cómo funciona esto”.
Y en ese mismo instante a ese lugar del mundo
el azar hizo ir la pesada carreta
que un asno viejo y renco, flaco y sordo arrastraba,
agobiado y exhausto, vencido y lamentable.
Luego de andar un día se acercaba al establo;
rodaba la carreta, soportaba un canasto.
Cada paso que daba parecía el penúltimo.
El animal andaba, vencido, extenuado;
lo mismo que una nube lo envolvían los golpes.
En sus ojos velados de vapor se advertía
la estupidez que acaso sea sólo estupor.
Era un carril hundido, y tan lleno de lodo,
de tan dura ladera que una vuelta de rueda
como un desgarrón lúgubre y ronco resultaba.
El asno iba gimiendo, blasfemando el arriero,
La senda descendía y el borrico avanzaba,
pasivo bajo el fuete y el garrote, y soñando
sumergido en honduras por el hombre intocadas.

Al oír esa rueda y esos pasos los niños
se volvieron, ruidosos, y vieron la carreta:
“No pongas el ladrillo sobre el sapo. ¡Detente!”
le gritaron. “¿No ves que vienen en bajada
y van a atropellarlo? Será más divertido.”

Todos miraban cuando, viniendo en el carril
donde el monstruo esperaba su última tortura,
vio el asno al sapo y, triste, sobre otro más triste
—pesado, roto, lúgubre, desollado— inclinóse
como para olfatearlo bajando la cabeza.
Y el reo, el condenado, le concedió la gracia.
Con fuerzas de flaqueza tirando la cadena
y el cabestro, bañados los músculos en sangre,
se resistió al arriero que le gritaba: “¡avanza!”
Controlando la horrible connivencia del fardo,
con su cansancio a cuestas aceptando el combate,
tirando la carreta, levantando la albarda,
extraviado, desvió la rueda inexorable,
dejando al miserable con vida tras su paso.
Con un golpe de fuete, retomó su camino.

Soltó entonces la piedra, que escapó de su mano,
uno de aquellos niños: el que cuenta esta historia;
bajo la inmensa bóveda, azul y negra a un tiempo,
escuchó que una voz le decía: ¡sé bueno!

¡Bondad en el idiota y en el carbón diamante!
¡Sagrado enigma! ¡Luz augusta de las sombras!
No tienen las del cielo más que las de la muerte
si ciegas, castigadas, las de la muerte tienen
el sueño y la piedad, ya que no la alegría.
¡Oh sagrado espectáculo! ¡Sombra a la sombra auxilia,
el alma oscura al alma sombría va en ayuda,
el estúpido al pávido se inclina enternecido,
da un sueño el condenado bueno al malo elegido!
Se adelanta la bestia cuando el hombre recula.
En la serenidad del pálido crepúsculo
por momentos la bruta se imagina y se siente
hermanada a la honda dulzura misteriosa;
Basta que un resplandor de gracia se le encienda
para que sea suya la eternidad del astro.
Vuelve el borrico exhausto por la tarde, cargado
de muerte, ensangrentadas las míseras pezuñas,
da unos pasos en falso, se aparta y se resbala
por no aplastar al sapo que ve en el fango. Ese
asno abyecto, manchado, molido bajo el palo
es más santo que Sócrates, más grande que Platón.
¿Buscas aun, filósofo? ¿Tú, pensador, meditas?
¿Persiguen la verdad en las brumas malditas?
Cree, llora, abísmate en el amor sin fondo!
Quien es bueno ve claro en la oscura avenida;
y habita en un rincón del cielo. La bondad
que hace más claro el rostro del mundo, oh sabios,
la bondad, esos ojos de la mañana ingenua,
rayo puro y calor para el desconocido,
instinto que en la noche y el sufrimiento ama,
es el supremo vínculo inefable, es el puente
que en la sombra a menudo tan lúgubre reúne
la inocencia del asno con la ciencia de Dios.



LE CRAPAUD
Victor Hugo (1802-1885)


Que savons-nous ? qui donc connaît le fond des choses ?
Le couchant rayonnait dans les nuages roses ;
C’était la fin d’un jour d’orage, et l’occident
Changeait l’ondée en flamme en son brasier ardent ;
Près d’une ornière, au bord d’une flaque de pluie,
Un crapaud regardait le ciel, bête éblouie ;
Grave, il songeait ; l’horreur contemplait la splendeur.
(Oh ! pourquoi la souffrance et pourquoi la laideur ?
Hélas ! le bas-empire est couvert d’Augustules,
Les Césars de forfaits, les crapauds de pustules,
Comme le pré de fleurs et le ciel de soleils !)
Les feuilles s’empourpraient dans les arbres vermeils ;
L’eau miroitait, mêlée à l’herbe, dans l’ornière ;
Le soir se déployait ainsi qu’une bannière ;
L’oiseau baissait la voix dans le jour affaibli ;
Tout s’apaisait, dans l’air, sur l’onde ; et, plein d’oubli,
Le crapaud, sans effroi, sans honte, sans colère,
Doux, regardait la grande auréole solaire ;
Peut-être le maudit se sentait-il béni,
Pas de bête qui n’ait un reflet d’infini ;
Pas de prunelle abjecte et vile que ne touche
L’éclair d’en haut, parfois tendre et parfois farouche ;
Pas de monstre chétif, louche, impur, chassieux,
Qui n’ait l’immensité des astres dans les yeux.
Un homme qui passait vit la hideuse bête,
Et, frémissant, lui mit son talon sur la tête ;
C’était un prêtre ayant un livre qu’il lisait ;
Puis une femme, avec une fleur au corset,
Vint et lui creva l’œil du bout de son ombrelle ;
Et le prêtre était vieux, et la femme était belle.
Vinrent quatre écoliers, sereins comme le ciel.
– J’étais enfant, j’étais petit, j’étais cruel ; –
Tout homme sur la terre, où l’âme erre asservie,
Peut commencer ainsi le récit de sa vie.
On a le jeu, l’ivresse et l’aube dans les yeux,
On a sa mère, on est des écoliers joyeux,
De petits hommes gais, respirant l’atmosphère
À pleins poumons, aimés, libres, contents ; que faire
Sinon de torturer quelque être malheureux ?
Le crapaud se traînait au fond du chemin creux.
C’était l’heure où des champs les profondeurs s’azurent ;
Fauve, il cherchait la nuit ; les enfants l’aperçurent
Et crièrent : « Tuons ce vilain animal,
Et, puisqu’il est si laid, faisons-lui bien du mal ! »
Et chacun d’eux, riant, – l’enfant rit quand il tue, –
Se mit à le piquer d’une branche pointue,
Élargissant le trou de l’œil crevé, blessant
Les blessures, ravis, applaudis du passant ;
Car les passants riaient ; et l’ombre sépulcrale
Couvrait ce noir martyr qui n’a pas même un râle,
Et le sang, sang affreux, de toutes parts coulait
Sur ce pauvre être ayant pour crime d’être laid ;
Il fuyait ; il avait une patte arrachée ;
Un enfant le frappait d’une pelle ébréchée ;
Et chaque coup faisait écumer ce proscrit
Qui, même quand le jour sur sa tête sourit,
Même sous le grand ciel, rampe au fond d’une cave ;
Et les enfants disaient : « Est-il méchant ! il bave ! »
Son front saignait ; son œil pendait ; dans le genêt
Et la ronce, effroyable à voir, il cheminait ;
On eût dit qu’il sortait de quelque affreuse serre ;
Oh ! la sombre action, empirer la misère !
Ajouter de l’horreur à la difformité !
Disloqué, de cailloux en cailloux cahoté,
Il respirait toujours ; sans abri, sans asile,
Il rampait ; on eût dit que la mort, difficile,
Le trouvait si hideux qu’elle le refusait ;
Les enfants le voulaient saisir dans un lacet,
Mais il leur échappa, glissant le long des haies ;
L’ornière était béante, il y traîna ses plaies
Et s’y plongea, sanglant, brisé, le crâne ouvert,
Sentant quelque fraîcheur dans ce cloaque vert,
Lavant la cruauté de l’homme en cette boue ;
Et les enfants, avec le printemps sur la joue,
Blonds, charmants, ne s’étaient jamais tant divertis ;
Tous parlaient à la fois et les grands aux petits
Criaient : «Viens voir! dis donc, Adolphe, dis donc, Pierre,
Allons pour l’achever prendre une grosse pierre ! »
Tous ensemble, sur l’être au hasard exécré,
Ils fixaient leurs regards, et le désespéré
Regardait s’incliner sur lui ces fronts horribles.
– Hélas ! ayons des buts, mais n’ayons pas de cibles ;
Quand nous visons un point de l’horizon humain,
Ayons la vie, et non la mort, dans notre main. –
Tous les yeux poursuivaient le crapaud dans la vase ;
C’était de la fureur et c’était de l’extase ;
Un des enfants revint, apportant un pavé,
Pesant, mais pour le mal aisément soulevé,
Et dit : « Nous allons voir comment cela va faire. »
Or, en ce même instant, juste à ce point de terre,
Le hasard amenait un chariot très lourd
Traîné par un vieux âne éclopé, maigre et sourd ;
Cet âne harassé, boiteux et lamentable,
Après un jour de marche approchait de l’étable ;
Il roulait la charrette et portait un panier ;
Chaque pas qu’il faisait semblait l’avant-dernier ;
Cette bête marchait, battue, exténuée ;
Les coups l’enveloppaient ainsi qu’une nuée ;
Il avait dans ses yeux voilés d’une vapeur
Cette stupidité qui peut-être est stupeur ;
Et l’ornière était creuse, et si pleine de boue
Et d’un versant si dur que chaque tour de roue
Était comme un lugubre et rauque arrachement ;
Et l’âne allait geignant et l’ânier blasphémant ;
La route descendait et poussait la bourrique ;
L’âne songeait, passif, sous le fouet, sous la trique,
Dans une profondeur où l’homme ne va pas.

Les enfants entendant cette roue et ce pas,
Se tournèrent bruyants et virent la charrette :
« Ne mets pas le pavé sur le crapaud. Arrête ! »
Crièrent-ils. « Vois-tu, la voiture descend
Et va passer dessus, c’est bien plus amusant. »

Tous regardaient. Soudain, avançant dans l’ornière
Où le monstre attendait sa torture dernière,
L’âne vit le crapaud, et, triste, – hélas ! penché
Sur un plus triste, – lourd, rompu, morne, écorché,
Il sembla le flairer avec sa tête basse ;
Ce forçat, ce damné, ce patient, fit grâce ;
Il rassembla sa force éteinte, et, roidissant
Sa chaîne et son licou sur ses muscles en sang,
Résistant à l’ânier qui lui criait : Avance !
Maîtrisant du fardeau l’affreuse connivence,
Avec sa lassitude acceptant le combat,
Tirant le chariot et soulevant le bât,
Hagard, il détourna la roue inexorable,
Laissant derrière lui vivre ce misérable ;
Puis, sous un coup de fouet, il reprit son chemin.

Alors, lâchant la pierre échappée à sa main,
Un des enfants – celui qui conte cette histoire, –
Sous la voûte infinie à la fois bleue et noire,
Entendit une voix qui lui disait : Sois bon !

Bonté de l’idiot ! diamant du charbon !
Sainte énigme ! lumière auguste des ténèbres !
Les célestes n’ont rien de plus que les funèbres
Si les funèbres, groupe aveugle et châtié,
Songent, et, n’ayant pas la joie, ont la pitié.
Ô spectacle sacré ! l’ombre secourant l’ombre,
L’âme obscure venant en aide à l’âme sombre,
Le stupide, attendri, sur l’affreux se penchant,
Le damné bon faisant rêver l’élu méchant !
L’animal avançant lorsque l’homme recule !
Dans la sérénité du pâle crépuscule,
La brute par moments pense et sent qu’elle est sœur
De la mystérieuse et profonde douceur ;
Il suffit qu’un éclair de grâce brille en elle
Pour qu’elle soit égale à l’étoile éternelle ;
Le baudet qui, rentrant le soir, surchargé, las,
Mourant, sentant saigner ses pauvres sabots plats,
Fait quelques pas de plus, s’écarte et se dérange
Pour ne pas écraser un crapaud dans la fange,
Cet âne abject, souillé, meurtri sous le bâton,
Est plus saint que Socrate et plus grand que Platon.
Tu cherches, philosophe ? Ô penseur, tu médites ?
Veux-tu trouver le vrai sous nos brumes maudites ?
Crois, pleure, abîme-toi dans l’insondable amour !
Quiconque est bon voit clair dans l’obscur carrefour ;
Quiconque est bon habite un coin du ciel. Ô sage,
La bonté, qui du monde éclaire le visage,
La bonté, ce regard du matin ingénu,
La bonté, pur rayon qui chauffe l’inconnu,
Instinct qui, dans la nuit et dans la souffrance, aime,
Est le trait d’union ineffable et suprême
Qui joint, dans l’ombre, hélas ! si lugubre souvent,
Le grand innocent, l’âne, à Dieu le grand savant.


Publicado originalmente aquí.

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